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Pequeño manual de decisiones equivocadas

Publicado: 5 de enero de 2026
Fuente: Ing. Agr. Félix Fares
Aunque parezca obvio, es importante conocer qué decisiones pueden tener impacto negativo en la empresa, de modo de tenerlo en cuenta a la hora de definir estrategias.
En “Las Codornices”, su propietario Alfredo F. suponía que las reuniones periódicas con el personal no valían la pena. Motivos (o mejor dicho, excusas) no le faltaban. Que los empleados siempre estaban pidiendo algo, si no era un aumento, era algo relacionado con las instalaciones y la manutención. Que alguna vez organizó una reunión, programada para durar una hora. Pero las cosas se fueron estirando, con todo lo que había para aclarar y escuchar, de modo que terminó siendo de tres horas, ya casi a la hora del siguiente ordeño…
Además Alfredo consideraba que las estrategias productivas y reproductivas establecidas, junto con los objetivos a corto y mediano y largo plazo planteados para la empresa no había por qué comentarlos con el personal. Bastaba con que los conocieran él y su encargado. El resto del personal simplemente tenía que acatar las órdenes que se les dieran.
De modo que si tuvieran algún reclamo o sugerencia, que se lo hicieran llegar al encargado, Luis P. Y él se enteraría luego por lo que le comentara Luis, y luego a su vez analizaría cuál sería su respuesta al personal. Para completar el problema, Luis seguía su viejo refrán de “no hay que llevarle malas noticias al patrón”, de modo que parte de los reclamos del personal  quedaban a mitad de camino.
No vale la pena detenernos en por qué constituye una decisión equivocada. Solamente agregar que Alfredo F. había llegado a una conclusión equivocada respecto a la importancia de las reuniones. Y el asunto llegó a su peor nivel cuando, a minutos de iniciar un ordeñe, una tarde, el personal se “amotinó”, haciendo un piquete frente al tambo, y reclamando que si no le mejoraban las condiciones de trabajo y el sueldo, no ordeñarían. Con el agravante de que tampoco dejarían pasar al camión de la usina no podría retirar la leche del último ordeñe (con todas sus consecuencias). Seguramente como corolario de muchos reclamos anteriores que no habían tenido eco.
        “No hay que llevarle malas noticias al patrón” fue la peor decisión del encargado…
El impacto fue grande, nunca antes le había ocurrido algo así a Alfredo. De modo que ante esa situación de la que enteró por el encargado, no le quedó más remedio que reunirse y negociar con el personal del tambo como para que se levantara el bloqueo, que ponía en peligro el ordeñe. Finalmente se llegó a un acuerdo, reconociendo los reclamos del personal y el ordeñe se llevó a cabo. Pero quedó la moraleja para Alfredo de las consecuencias que podían llegar a ocurrir por no tener un diálogo fluido con su personal…
Y también fue un llamado de atención para el encargado Luis, que lo resumía, al igual que Alfredo, en una frase cada vez que alguien del personal le venía con una sugerencia: “Escuche, usted está aquí no para pensar sino para trabajar y recibir órdenes…”
Pero hay más…
En “Santa Clotilde”, su dueño, Carlos M., al frente de sus tambos y como padre de cinco hijos, tenía sus preferencias familiares. Él consideraba que Guillermo y Susana eran los que necesitaban mayor ayuda económica, basado en sus ingresos pero además siguiendo con la tradición de que siempre habían sido sus hijos favoritos, desde que eran chicos. Eso había llevado a que él, discrecionalmente, les hiciera llegar periódicamente, o cada vez que lo requerían, una suma extra, a discreción, agregada a la que se repartía entre los cinco hijos. Podía ser desde hacerse cargo del pago de la educación de sus nietos, las vacaciones de sus padres, hasta simplemente necesitar cierta cantidad de dinero por las dudas…Cándida, su mujer, no opinaba al respecto, era la empresa de su marido…
Se imaginan que ese reparto discrecional no hizo más que aumentar los recelos entre los hermanos. Y las cosas explotaron cuando Carlos pasó a mejor vida. En ese momento aparecieron los reclamos en toda su crudeza, y sobrevino prácticamente una batalla campal entre hermanos (influenciada además por los parientes políticos).
Para colmo, aún en vida, Carlos no hacía otra cosa que quejarse del negocio del tambo, una y otra vez. Pero a la vez, suponía que sus hijos continuarían con la larga tradición, ya de cuatro generaciones de tamberos en la familia.
          La discrecionalidad en los retiros puede pan para hoy pero hambre para mañana…
Pero al mismo tiempo, siempre había algo de lo que se quejaba en las comidas cada vez que hablaba del tambo, y en toda reunión familiar. Y sus hijos escuchaban esas declaraciones que parecían no tener fin. El resultado fue que lo primero que decidieron fue terminar de una buena vez con los tambos. Y hasta uno propuso enterrar las instalaciones, de modo que no quedaran ni rastros de lo que había traído tantos dolores de cabeza en vida de su padre.
No hay dos sin tres
Vayamos ahora al caso de “Entre lagunas”. Allí, Don Horacio M., solterón, era el encargado de administrar el tambo, dentro de la sociedad que compartía con sus dos hermanas, Analía y Teresa. Todo había marchado tranquilo durante años, hasta que los hijos de Analía fueron creciendo, ya habían dejado de ser niños, y por lo tanto, sintieron que podían hacer su aporte a la empresa, ya con más de 30 años de edad cada uno. Fue entonces que comenzaron los roces con su tío. Porque él tenía como frase de cabecera, que mientras estuviera vivo, sería él el que tomaría las decisiones en la empresa, tal cual como la había hecho su padre en la generación anterior, siguiendo entonces la tradición familiar. Así como él había tenido que pagar su derecho de piso para poder entrar en la empresa, de la misma manera sería para sus sobrinos.
Con el agregado de que en los últimos tiempos, sus dos hermanas venían reclamando un aumento razonable en los bajísimos retiros que tenían asignados. Pero siempre había algún argumento para diferirlo en el tiempo, hasta que las cosas mejoraran…
Se preguntarán a esta altura cómo siguió la historia. Lo resumo en pocas palabras: se dividió la empresa. Y en realidad, más que referirnos al desenlace, que no fue agradable, lo importante es todo el proceso previo, de modo de tomar nota de los errores que otros han cometido, y que son evitables en tantas otras empresas.
Y para completar
Como último caso citaremos el de “La Vizcacha”. En ese tambo, su dueño, Marcos L., siguiendo la tradición de sus padres y sus abuelos, se enorgullecía de no haberle tenido que pedir un préstamo el banco en toda su trayectoria. Pero aquellos tiempos no eran los que le tocaba vivir. De modo que cuando las cosas se fueron complicando económicamente, entre el bajo precio de la leche y las malas condiciones climáticas, no tuvo mejor idea que comenzar a echar mano al descubierto en el banco, una y otra vez, tal como lo hacían varios de sus vecinos. Y ante la sugerencia de tomar un crédito conveniente, con un año de gracia y a una tasa fija razonable, hipotecando una parcela de su campo, se negó rotundamente a hacerlo, bajo la suposición de que si lo tomaba, tarde o temprano el banco se quedaría con su parcela. El resultado fue que siguió operando en descubierto, cuando en realidad ya era un salvavidas de plomo.
Y un buen día, Luis, uno de sus hijos, se dedicó a calcular el monto de intereses que estaba pagando su padre mensualmente por usar el descubierto (algo que él nunca se había tomado el trabajo de calcular).
La sorpresa fue grande cuando se dieron cuenta de que ese monto mensual, con las altas tasas bancarias por descubierto (y en varias ocasiones las sobretasas por sobrepasar el monto del descubierto autorizado) equivalía al que le pagaban a su tambero mediero. Es decir que era como si tuvieran nada menos que dos tamberos en su empresa…Ese fue el momento en que Marcos tomó conciencia de lo que estaba haciendo. De nuevo, ¿Cuál fue entonces el final de la historia? Buena pregunta
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Pedro Arratia
5 de enero de 2026
Excelente historia para ontomar malas decisiones y sobretodo el manual sors tratar a los empleados ojalá alguien comparta un check list de dueño o encargado de revisar en una granja lechera para no solo ir a dar la vuelta y revisar verdaderamente el progreso del mismo.
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