Escribí varias veces sobre este tema, tan controvertido, y hoy, que todo parece un poco más cercano, vuelvo a hacerlo. No por insistencia, sino porque hay asuntos que se niegan a cerrarse del todo, como esas discusiones familiares que reaparecen cada Navidad, aunque juremos que ya fueron saldadas. El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur es uno de esos temas: siempre a medio camino entre la promesa y el fracaso, entre la firma inminente y la postergación elegante.
Después de más de veinticinco años de negociaciones, el acuerdo dio un paso clave en Bruselas. No definitivo, no glorioso, pero sí suficiente para seguir avanzando. Los países de la Unión Europea lograron una mayoría que habilita la firma del tratado, prevista para Asunción, aunque todavía falta el visto bueno de la Eurocámara. En Europa, nada es simple, y menos cuando se trata de abrir mercados.
Una historia larga, casi obstinada
Veinticinco años no son una demora: son una forma de vida. Cuando este acuerdo empezó a negociarse, el mundo todavía creía que la globalización era una fiesta sin resaca. Desde entonces hubo crisis financieras, pandemias, guerras comerciales y una certeza incómoda: el libre comercio entusiasma en los discursos, pero asusta cuando toca la puerta.
La nueva zona de libre comercio, si finalmente se concreta, abarcará a más de 700 millones de personas. Será la más grande del mundo en su tipo. Una cifra que impresiona en los comunicados oficiales y genera sudor frío en los sectores que sienten que tienen más para perder que para ganar.
El campo europeo: el ruido que no se puede ignorar
Si este acuerdo tuviera una banda sonora, sería el motor de los tractores bloqueando rutas. El sector agropecuario europeo fue, desde el inicio, el principal crítico del pacto. No por ideología, sino por matemática básica: producir en Europa cuesta más. Hay normas ambientales más estrictas, controles sanitarios más exigentes y una presión social que no siempre se traduce en precios competitivos.
La posibilidad de que carne, arroz, miel o soja sudamericanos ingresen con menos aranceles despierta un temor concreto: perder mercado. Francia encabeza esa resistencia, acompañada por Austria, Hungría, Irlanda y Polonia. Bélgica prefirió abstenerse, una forma diplomática de decir “no me convence, pero tampoco quiero pelearme”.
Italia, en cambio, jugó a la política clásica: condicionó su voto a nuevas compensaciones para los agricultores europeos. Y funcionó. El acuerdo avanzó, pero con anestesia incluida.
Libre comercio, pero con paréntesis
Para calmar a los productores, la Comisión Europea diseñó un paquete de concesiones que convierte al libre comercio en algo bastante vigilado. Cupos limitados para productos sensibles, cláusulas de emergencia ante desestabilizaciones del mercado e investigaciones automáticas si los precios del Mercosur resultan demasiado competitivos.
Además, Bruselas prometió endurecer la legislación sobre residuos de pesticidas en las importaciones. Incluso prohibió recientemente tres sustancias y habilitó controles más estrictos sobre productos agrícolas sudamericanos. No es solo comercio: es una discusión sobre modelos de producción y sobre qué reglas valen para todos.
Firmar no es gobernar
Aunque Ursula von der Leyen viaje a Asunción y estampe la firma, el acuerdo no entrará en vigor de inmediato. Falta la aprobación de la Eurocámara, donde el panorama es incierto. Unos 150 eurodiputados ya amenazan con recurrir a la Justicia para bloquear su aplicación. En Europa, los acuerdos no mueren de golpe: se desgastan en los pasillos.
La Comisión Europea estima que las exportaciones de la UE a América Latina podrían crecer hasta un 39%, con beneficios claros para la industria automotriz, la ingeniería y el sector farmacéutico. Esos números entusiasman a países como Alemania y España, que ven en el Mercosur una forma de diversificar riesgos frente a China y Estados Unidos.
El Mercosur: entre la expectativa y el cansancio
Del lado sudamericano, el clima es de expectativa, pero también de impaciencia. En la última cumbre, Lula pidió “coraje” y “voluntad política” a Europa. No fue un gesto retórico: fue el resumen de décadas de idas y vueltas. Para el Mercosur, el acuerdo representa acceso a un mercado clave y una oportunidad para dejar de depender de pocos socios comerciales. También implica adaptarse a reglas más exigentes, algo que no siempre es sencillo ni barato.
Un acuerdo que habla del mundo
Este tratado no define solo aranceles. Define cómo se relacionan regiones que se necesitan, pero desconfían. Muestra un mundo donde abrirse sigue siendo necesario, pero ya no es ingenuo. Después de veinticinco años, el acuerdo avanza. Nadie festeja demasiado. Nadie se retira indignado. Tal vez esa sea la señal más clara de estos tiempos: los grandes consensos ya no generan euforia, apenas alivio. Y, aun así, alcanzan para volver a escribir sobre ellos.