Efectos del clima sobre la producción bovina: aspectos generales, índices de confort y medidas de mitigación

Publicado el: 17/7/2020
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Introducción

Si bien el efecto del clima en la producción animal es un tópico que ha sido estudiado desde hace mucho tiempo, sólo en las últimas décadas ha cobrado mayor relevancia debido a una creciente preocupación global por los temas medioambientales, el cambio climático y el impacto de éstos sobre el desarrollo a escala local, regional, nacional y mundial. El clima ejerce una acción directa e indirecta sobre los animales, afectando tanto su respuesta productiva como su bienestar, ya que modifica las necesidades físicas, nutricionales, psicológicas y sociales del ganado (Yousef, 1985a; ccac, 2009). Estas necesidades variarán según la interacción del animal (su genética) con el entorno físico en el cual vive y se desarrolla (Brown-Brandl et al., 2006a; Gaughan et al., 2010).

Gran parte de la atención respecto al cambio climático se ha centrado sobre la producción agrícola. Los sistemas pecuarios, por su parte, han recibido mucho menos atención, siendo más bien evaluados de forma indirecta mediante estimaciones de la cantidad y calidad de los recursos alimenticios disponibles para el ganado. En este contexto, se pronostica que el planeta experimentará un aumento de temperatura del orden de 0.2 °C por década, o bien un incremento de 1.8 a 4.0 °C para el año 2099 (ipcc, 2007), con un aumento de las temperaturas nocturnas, lo que reduce las posibilidades a los animales de disipar el exceso de calor acumulado durante el día. Esto último resulta en un mayor riesgo de estrés térmico durante el periodo estival. Sin embargo, lo más preocupante resulta ser el aumento de eventos o condiciones anómalas del clima, conocidas como “olas de frío o de calor”. Éstas corresponden a cambios repentinos de las temperaturas máximas y mínimas, así como de otras variables meteorológicas que inciden en el ambiente térmico en el cual vive el ganado. Dichos eventos pueden tener una duración de al menos un día, pero usualmente perduran algunos días, o en ocasiones semanas (ams, 1989; Hahn et al.,1993; Mader et al., 2001; Brown-Brandl et al., 2006a). Son justamente estos cambios abruptos los más complejos de enfrentar, ya que los animales son incapaces de ajustar los mecanismos de balance térmico en un corto periodo de tiempo, implicando drásticas reducciones en los índices productivos, morbilidad de largo plazo, un bajo desempeño productivo e, incluso en los casos más extremos, llegando a provocar la muerte de los animales.

Son pocos los estudios que han evaluado las pérdidas económicas asociadas al clima. Uno de ellos, el realizado por St-Pierre y colaboradores (2003) en Estados Unidos, se estimó en 897 y 369 millones de dólares las pérdidas anuales por menor productividad en la industria bovina de leche y carne, respectivamente, pudiendo éstas reducirse en aproximadamente 30% si se implementan adecuadas medidas de mitigación. En efecto, durante la década 2000-2010 se registraron ocho “olas de calor” en Estados Unidos, estimándose que las muertes asociadas a ellas fue de aproximadamente 31,000 cabezas de ganado. Por otra parte, durante el inverno del periodo 1992-1997 las pérdidas de los corrales de engorda de las planicies del sur de Estados Unidos fue de aproximadamente 30,000 cabezas (Stowell et al., 2009). Asimismo, en muchos sistemas ganaderos es habitual que los animales en engorda permanezcan en corrales sin protección durante el periodo de invierno (lluvias), lo que genera la formación de diversos niveles de barro, impactando directamente los requerimientos de manutención, llegando a aumentar hasta en 80%, mientras que las pérdidas de calor pueden aumentar de 3 a 6 veces.

Los recientes avances tecnológicos han resultado en un mejor y mayor conocimiento respecto de las diversas variables que inciden en el ambiente termal del ganado y, en consecuencia, sobre su bienestar, así como también sobre los índices productivos (ganancia de peso, producción de leche, conversión, tasa de preñez, etc.). El adecuado uso de esta información permite implementar correctas medidas de mitigación y adaptación ante el escenario de cambio climático. Es por ello que el presente capítulo tiene por objeto sintetizar la importancia del ambiente térmico en la respuesta productiva del ganado bovino y en su bienestar, así como también proveer de herramientas para el pronóstico y aplicación de medidas de mitigación frente a condiciones de estrés térmico.

 

Ambiente térmico y ganado: principios básicos

Los bovinos viven en un estado de cercana interacción entre la complejidad de los procesos físicos y químicos de su propio cuerpo y el entorno que los rodea (Yousef, 1985b). En esta interacción, el animal ajusta voluntaria o involuntariamente su comportamiento y procesos metabólicos para lograr un adecuado balance térmico que le permita vivir y reproducirse normalmente. Aun cuando los animales presentan una alta variabilidad en su respuesta al estrés térmico, desde el punto de vista productivo la mejor respuesta se observa en condiciones termo neutrales (temperatura corporal entre 38.3 y 39.4 °C). Esto porque las actividades celulares y bioquímicas operan con mayor eficiencia y eficacia en este rango. Temperaturas corporales inferiores resultan en un metabolismo reducido, en el caso contrario éste se acelera, existiendo también riesgo de desnaturalización de las proteínas, disrupción de la integridad de la membrana celular y posiblemente un daño permanente de los tejidos. Todo ello resulta en morbilidad de largo plazo y bajo desempeño productivo (Guyton y Hall, 1996). De esta forma, el ganado está en un proceso de termorregulación permanente ganando o perdiendo calor del medioambiente circundante (Silanikove, 2000). Según DeShazer y colaboradores (2009), este proceso involucra variables propias del animal (configuración, superficie, emisividad, conductividad), como también variables físicas del medioambiente (tipo de suelo, temperatura y velocidad del aire, radiación solar y precipitaciones, entre otras). En conjunto, estas interacciones afectan la fisiología, comportamiento y salud del ganado, resultando en cambios que impactan su desempeño económico (Balling, 1980; maff, 2000). La respuesta de los animales puede ser de corto o largo plazo; en el primer caso, se orientan a la sobrevivencia y se asocian con cambios climáticos agudos, mientras que en el segundo caso se asocian con la respuesta productiva e incluyen cambios en el consumo de energía metabolizable y pérdidas de calor (DeShazer et al., 2009).

Los animales utilizan cuatro vías básicas para el intercambio de calor con el medio circundante: conducción, convección, radiación y evaporación. Las tres primeras son conocidas como transferencias sensibles, ya que basan su operación en el gradiente térmico; mientras que la cuarta opera a través de una gradiente de presión de vapor y se le denomina pérdida insensible de calor o pérdida latente (Collier et al., 2006). Ésta última resulta ser la más importante en el ganado bovino, sin embargo, su eficacia decrece significativamente cuando la humedad relativa es alta, disminuyendo así la posibilidad del animal de disipar el exceso de calor acumulado, incrementando así su temperatura corporal (Brosh et al., 1998).

 

Temperatura corporal del ganado bovino

La temperatura corporal, o su equivalente como lo es la temperatura timpánica, del ganado adulto saludable varía entre 37,7 y 40,2 °C (Lindley y Whitaker, 1996; Mader y Kreikemeier, 2006). Sin embargo, ésta no es constante, sino que presenta patrones circadianos diurnos y estacionales (véase Figura 1), los que a su vez reflejan los cambios en el medio ambiente (Da Silva y Minomo, 1995). En general, la temperatura mínima del cuerpo se presenta usualmente temprano en la mañana, entre las 05:00 y 08:00 h, y por la tarde, entre 17:00 y 20:00 h, tanto para el verano como para el invierno. Si bien la temperatura corporal tiende a seguir las fluctuaciones estacionales, existen diferencias en los patrones diurnos para el invierno y el verano que pueden ser influenciados por el tipo de dieta que al animal recibe (Mader y Kreikemeier 2006; Arias et al., 2011).

Aun cuando se considera a la temperatura corporal como un muy buen indicador de la susceptibilidad del animal a la carga de calor, a la fecha no existe un dispositivo para monitorear la temperatura corporal en condiciones comerciales. Además, ésta puede verse afectada por diversos factores, tales como la edad, la actividad física, estado de preñez, alimentación, celo y factores ambientales, entre otros (Finch 1986; Yousef, 1987; Kendall et al., 2008; Arias et al., 2011).

 

Factores climáticos de mayor relevancia

Si bien el ambiente termal es el resultado de una compleja interacción de diversas variables físicas, cuatro son las variables meteorológicas que lo condicionan mayormente, a saber: temperatura media del aire, humedad relativa, velocidad del viento y radiación solar (Eigenberg et al., 2009).

Temperatura Ambiental (ta)

Es la variable que ejerce mayor efecto sobre el metabolismo de los animales, fluctuando entre -50 °C, en las regiones polares, a 50 °C en las zonas ecuatoriales (Eigenberg et al., 2009). Aproximadamente dos tercios de la producción bovina de carne y leche en Estados Unidos se concentra en regiones con inviernos cuyas temperaturas medias son inferiores a 0 ºC. Esto resulta en menores ganancias de peso, 10%, según Hoelscher (2001), extensiones en el periodo de engorda, reducciones en la conversión de alimento (entre 14 y 20%) y en la cantidad de leche producida, en comparación a condiciones termoneutrales (Young, 1981; Birkelo y Johnson, 1993). Sin embargo, cuando a las bajas ta se suman otras variables, como el viento y las precipitaciones (nieve o agua), el balance térmico de los animales empeora, pudiendo incluso llegar a ser letal, particularmente si los animales tienen algún tipo de predisposición, como los animales muy jóvenes, enfermos o con alto potencial de producción.

 

 

En general, la ta es considerada como la principal medida térmica utilizada para estimar confort animal (nrc, 1981; Da Silva, 2012), constituyéndose en un referente dada su facilidad de medición y popularidad. Diversos estudios la han relacionado con el consumo diario de agua (cda), materia seca (cms) y con la temperatura rectal (nrc, 1981; Arias, 2006). Así, por ejemplo, Murphy y colaboradores (1983) determinaron que la temperatura mínima del aire es un buen predictor del cda en vacas lecheras y en el ganado de carne en engorda (Jeter, 2001; Arias y Mader, 2011). Otros estudios, en cambio, destacan la temperatura máxima y media del aire como factores relevantes que explican el cda. El mayor cda asociado a mayores ta ha sido reportado tanto en ganado en engorda a corral, así como también bajo condiciones de pastoreo (Bicudo y Gates, 2002). Por su parte, Johnson (1986) determinó en -5º C y 21 ºC los umbrales térmicos a los cuales la producción diaria de leche de vacas Holstein comienza a disminuir. Un valor similar (-4 °C ) fue reportado por Young (1981), quien agrega que a -23 °C la producción de leche tiene una marcada depresión. Estos valores representarían los límites en los cuales los animales activan sus mecanismos fisiológicos de supervivencia en desmedro de la productividad. Por su parte, West (2003) concluyó que la ta de los días previos tiene un marcado efecto sobre el cms en vacas lecheras.

La disminución en la producción se explicaría por un aumento en la demanda de energía de manutención (nrc, 1981) y por una reducción en la digestibilidad aparente de los alimentos, la que según diversos autores sería de 0,2 unidades por cada grado centígrado por debajo de la zona termo neutral (Christison y Milligan, 1974; Young y Christopherson, 1974).

Humedad Relativa (hr)

El vapor de agua es uno de los constituyentes que mayor variabilidad presenta en la atmósfera (Eigenberg et al.,2009). En zonas tropicales se le considera como una variable que aumenta el riesgo de estrés por calor (Da Silva, 2012), ya que acentúa las condiciones adversas de las altas temperaturas debido a la reducción de la efectividad en la pérdida de calor latente (Blackshaw y Blackshaw, 1994). Además, ha sido negativamente asociada con el cda. Cuando la ta es > 30 ºC, la hr comienza a asumir un importante rol en los procesos evaporativos (Richards, 1973). En estas condiciones, el simple gradiente de presión de vapor no es suficiente para asegurar una adecuada evaporación. Así, entonces, altas hr reducen el potencial de disipación de calor, tanto de la piel como del aparato respiratorio (Da Silva, 2012).

Velocidad del Viento (vv)

Su rol tanto en el bienestar como en el desempeño productivo ha sido largamente reconocido (nrc, 1981). Por un lado, ayuda a la disipación del calor por vías evaporativas durante el periodo estival (Mader et al., 1999b, Mader et al., 2004); pero por otro lado, esta pérdida de calor se transforma en un efecto negativo durante el periodo invernal. Su efecto puede verse modificado por la condición en la que se encuentra el pelaje del animal, es decir, seco o húmedo. En el último caso, la transferencia de calor será más eficiente que cuando éste se encuentra seco (Arkin et al., 1991). Diversos autores han reportado que los requerimientos de manutención del ganado en invierno son negativamente afectados por el viento (Fox y Tylutki, 1998; Keren y Olson, 2006), y también ha sido negativamente asociado con el cda (Loneragan et al., 2001; Arias y Mader, 2011). Junto a la ta, hr y radiación solar se utiliza el índice de temperatura humedad ajustado y el índice comprensivo del clima (Mader et al., 2006; Mader et al., 2010) para estimar diversos indicadores de confort animal, que se discuten más adelante.

Radiación solar (rs)

La radiación solar es considerada como uno de los factores más importantes que afectan el balance térmico del ganado (Finch, 1986; Silanikove, 2000), pues incide directamente sobre la carga total de calor que el animal recibe (Mader et al., 1999a; Mader et al., 1999b; Keren, 2005), la temperatura rectal, la tasa de respiración (Brosh et al., 1998; Collier et al., 2006) y algunas concentraciones enzimáticas y minerales en el plasma de los animales (Sevi et al, 2001). En este caso el color del pelaje y piel resultan ser relevantes, ya que inciden en la cantidad de calor absorbido. Los animales de piel oscura presentan mayores tasas de respiración, mayor jadeo y mayor temperatura superficial que razas de piel clara, como lo demostró Brown-Brandl y colaboradores (2006b) en un experimento que incluyó animales de raza Angus, Charolais, Marc III y Gelbvieh.

 

Respuesta del ganado bovino a condiciones de estrés climático

A la fecha, diversos trabajos han resumido las principales respuestas del ganado bovino de leche y carne, sometidos a condiciones de estrés térmico (Blackshaw y Blackshaw, 1994; Silanikove, 2000; Arias et al., 2008; Da Silva, 2012). Éstos, en general, destacan los cambios en las concentraciones hormonales, en los patrones de alimentación, en la fisiología y en el comportamiento de los animales. Por ejemplo, en lo referente a los cambios hormonales, la temperatura ambiente tiene un efecto inverso en la actividad de la glándula tiroides, afectando la motilidad y la tasa de pasaje de los alimentos (nrc, 1981; Habeeb et al., 1992). Asimismo, las hormonas tiroxina y triyodotironina, producidas en esta glándula, influyen en diferentes procesos celulares, especialmente en los procesos termogénicos, los que representan cerca de 50% de la tasa metabólica basal de animales bajo condiciones normales (Habeeb et al., 1992). Por otra parte, Igono y colaboradores (1988) reportaron reducciones en la concentración de la hormona de crecimiento en vacas lecheras de distintos niveles de producción con THI >70, sugiriendo que esto sería una estrategia para reducir la producción de calor metabólico. Un buen resumen de las adaptaciones endocrinas durante el estrés por calor fue realizado por Collier y Zimbelman (2007).

El efecto del clima sobre el consumo voluntario de alimento es uno de los aspectos más estudiados, destacando una relación inversa entre temperatura ambiental y el consumo voluntario de alimento (Ames, 1980; Beede y Collier, 1986; Mader, 2003). La reducción del consumo de alimento durante la época estival es un intento del animal por alinear sus demandas energéticas con su capacidad de perder calor, influyendo así en forma directa en la productividad del ganado debido a la menor ingesta de nutrientes y el aumento de los requerimientos de manutención. Por el contrario, en condiciones de clima frío los animales intentan conservar el calor, mejorando el aislamiento del medioambiente (mayor cobertura grasa, pelaje más largo y grueso, etc.), produciendo más calor producto del mayor consumo de alimento, o bien, del cambio de dieta por una de mayor densidad energética. El consumo de alimento también puede ser afectado temporalmente por la lluvia, cayendo entre 10 y 30%; mientras que el barro provoca una reducción en el consumo de 5 a 30%, variando según la profundidad del mismo (nrc, 1981). La Figura 2 muestra ejemplos de cómo el barro se adhiere al animal en condiciones de confinamiento en corral, aumentando con ello los requerimientos de manutención.

Por otra parte, los principales cambios fisiológicos estudiados corresponden a la tasa de respiración y temperatura corporal. El aumento en la tasa de respiración es la estrategia que tiene el animal para disipar el calor por las vías respiratorias, constituyéndose en una de las vías más importantes para mantener el balance térmico durante el verano. En general, se estima que por sobre los 25 ºC comienza a registrase un incremento en la tasa de respiración; sin embargo, ésta es una respuesta individual que varía según la raza y estado fisiológico (Gaughan et al., 1999). Valores de 20 a 60 exhalaciones por minuto (epm) son considerados normales, pudiendo llegar a valores por sobre los 200 epm, en casos de estrés por calor. Por su parte, Hahn y Mader (1997) reportaron un incremento en la tasa de respiración del ganado de 4 epm por cada grado de incremento en la ta por sobre 21 °C, con una línea de base de 60 epm en condiciones de termoneutralidad. En tanto, Eigenberg y colaboradores (2000) señalaron que la tasa de respiración responde a la temperatura ambiente, con una tasa de cambio lineal de 6,4 ± 0,8 epm/°C para novillos expuestos al sol, y de 1,6 ± 0,8 epm/°C para novillos bajo sombra.

 

 

En lo que respecta al comportamiento de los animales, se han reportado cambios en el nivel de agitación, agrupamiento y tiempo de permanencia en distintos sectores de los corrales o potreros. En verano los animales tienden a agruparse y se moverán alrededor del corral, mientras intentan encontrar un lugar más fresco (menos caluroso); o bien, se agrupan alrededor de los bebederos. Disminuyen también el tiempo dedicado a consumir alimento y el que permanecen echados, así como también se observa una reducción en la agresividad (Brown-Brandl et al., 2006b). Además, se ha reportado un mayor tiempo dedicado a beber agua y a permanecer de pie cerca de los bebederos (Brown-Brandl et al., 2006a; Mader et al., 2007). En la medida de lo posible el ganado se dirigirá a áreas más elevadas para tratar de conseguir un poco de brisa. Se observan además deposiciones con más agua de la normal, como una indicación de una excesiva ingestión de agua y/o acidosis, una excesiva salivación y respiración con la boca abierta. Aquellos animales que tengan una respiración más comprometida extenderán el cuello para mantener las vías aéreas abiertas.

Otro factor a considerar es el nivel de intensificación del sistema productivo, así como el potencial de producción de los animales, ya que en ambos casos los mecanismos fisiológicos para hacer frente al exceso de calor proveniente de la combinación de dietas de alta densidad energética (granos), mayor metabolismo, veranos con altas temperaturas y con alta humedad relativa son mucho más restringidos que los de animales con menor potencial de producción.

 

Índices de estrés térmico

Históricamente, los esfuerzos por desarrollar índices térmicos de bienestar tuvieron su origen en aplicaciones hacia las personas, especialmente para aquellas zonas de climas extremos. Así entonces, en los últimos 150 años se han desarrollado más de 100 índices que incluyen aspectos tanto psicológicos como fisiológicos para las personas. Contrariamente, no más de 10 índices han sido desarrollados para animales en los últimos 50 años, cuyo principal objetivo es proveer de un adecuado manejo medioambiental basado en la respuesta productiva, salud y bienestar de los animales de granja (Hahn et al., 2009). En efecto, dos de los índices más comunes utilizados en producción animal (uno para el verano y otro para el invierno) fueron desarrollados originalmente para las personas. Éstos son el índice de temperatura y humedad (ith o thi, por sus siglas en inglés) y el índice de viento de congelamiento (Wind Chill Index), respectivamente. Su masificación en la producción animal se debe a que se han transformado en una herramienta práctica para la toma de decisiones a nivel productivo comercial, permitiendo a los productores prevenir o paliar los efectos negativos que un ambiente termal inadecuado puede causar en los animales. Sin embargo, a la fecha, aún se está en la búsqueda de un índice que permita identificar de mejor manera el umbral térmico al cual los animales comienzan a sufrir estrés, ya sea por frío o calor. Hahn y colaboradores (2003, 2009), elaboraron una detallada revisión de los principales índices termales comúnmente utilizados en el manejo de animales de granja, clasificando estos índices en dos grupos: a) aquellos basados en intercambio de calor, cuya principal debilidad es su aplicación práctica; y b) aquellos basados en respuestas, cuyo énfasis está en las consecuencias biológicas asociadas al valor del índice.

La gran mayoría de los índices han sido desarrollados especialmente para el verano y utilizan distintas variables meteorológicas para su estimación, para luego asociarse a cambios en el comportamiento y/o desempeño productivo del ganado bovino de leche y carne. Existen, sin embargo, otros índices basados fundamentalmente en el comportamiento de los animales como el desarrollado por investigadores de la Universidad de Nebraska (Mader et al., 2005; Mader et al., 2006), el cual utiliza como indicador de confort el nivel de jadeo que los animales presentan, constituyéndose en una herramienta de manejo práctica y de fácil aplicación (Cuadro 1 y Figura 3).

Índice de Temperatura-Humedad (thi)

Este índice fue originalmente desarrollado por Thom en 1959, para ser aplicado a las personas pero posteriormente adaptado para ser utilizado en bovinos por Berry y colaboradores (1964), y luego a partir de 1970 por la Associated Livestock Weather Safety Index (lci, 1970). Este índice constituye un referente mundial de confort ambiental para el ganado doméstico, particularmente el ganado de leche y carne, en especial durante el período estival. El thi corresponde a un valor adimensional que puede ser estimado a partir de la siguiente ecuación:

 

 

Donde: Tdb es la temperatura media bulbo seco, expresada en °C hr es la humedad relativa expresada en porcentaje.

No obstante, existen diversas ecuaciones para estimar el thi, algunas de estas fueron presentadas y comparadas en el trabajo realizado por Bohmanova y colaboradores (2007) para determinar los umbrales de thi en los cuales la producción de leche comienza a decaer. Existen cuatro categorías de confort animal asociados al valor thi, a saber: Normal thi ≤ 74; Alerta thi entre 75 y 78; Peligro thi entre 79 y 83; y Emergencia thi ≥ 84. Sin embargo, Bouraoui y colaboradores (2002) reportaron reducciones en la producción de leche y el consumo de alimento de 21% y 9%, respectivamente cuando el valor de thi pasó de 68 a 78. Así mismo, estimaron en 0,41 kg/vaca/día la reducción en producción diaria de leche por cada punto de aumento en el valor de thi por sobre 69. En tanto, en otro estudio realizado en Argentina, Valtorta y colaboradores (1999) estimaron que la reducción en la producción láctea fue 0,25 kg/vaca/día para thi por sobre 72. También se han reportado reducciones en la cantidad de sólidos en la leche, particularmente en proteína y grasa, asociados a altos valores de thi (Bouraoui et al., 2002; Gallardo, 2005). Lo anterior, refleja que no existe un valor único que se pueda aplicar a distintas zonas geográficas, por lo que el desarrollo de estudios locales cobra gran relevancia, de manera tal que se pueda ofrecer a los productores locales una herramienta práctica y validada.

Por otra parte, en estudios realizados en países como México, Estados Unidos y Australia se ha establecido una relación negativa entre indicadores reproductivos y los altos valores de thi. Así por ejemplo, Morton y colaboradores (2007) concluyeron que la tasa de concepción se redujo fuertemente cuando las vacas fueron expuestas a altas cargas de calor (thi > 72), desde el día del servicio hasta 6 días después y durante las semanas previas al servicio. En tanto, Amundson y colaboradores (2006), analizando datos de 10 años en ganado de carne en pastoreo, reportaron un valor de thi óptimo de 68 para la reproducción, con reducciones importantes en la tasa de preñez cuando el valor de thi se eleva por sobre 72,9.

Modificaciones al THI y nuevos índices

A pesar de que el thi es el referente mundial de confort térmico, éste no da cuenta del efecto de otros importantes factores climáticos como los son la radiación solar y la velocidad del viento sobre el ambiente termal. Tampoco incluye factores de manejo productivo o de genotipo animal (Gaughan et al., 2007), y subestima los reales efectos del estrés en el ganado (Collier et al., 2007). Por ello, se han propuesto diversas modificaciones como la utilización de la temperatura interna de un balón negro en vez de la temperatura de bulbo seco comúnmente utilizada (Buffington et al., 1981); o bien, la inclusión de la velocidad del viento y radiación (Mader et al., 2005, Mader et al., 2006), como se muestra en la ecuación 2.

 

 

Donde:

THIadj es el valor de THI ajustado (adimensional);

VV es la velocidad del viento en m/s

RS es la radiación solar en W/m2.

Así también, durante la década pasada, se desarrollaron nuevos índices tales como: índice de carga de calor (Gaughan y Goopy, 2002; Gaughan et al., 2008) e índice comprensivo del clima (cci, por sus siglas en inglés) desarrollado por Mader y colaboradores (2010). Este último presenta la ventaja de ser multiestacional, ajustando la temperatura ambiental con base en rs, vv y hr, por lo que valor final es expresado en °C, lo que facilita el entendimiento de los productores.

Otro importante índice publicado por Eigenberg y colaboradores (2005) es la tasa de respiración (tr). Estos investigadores desarrollaron una ecuación basada en variables climáticas para estimar la tr y asociarla con las categorías de thi y el nivel de estrés por calor. En éste sentido, Brown-Brandl y colaboradores (2005a) señalan que la tr es el indicador más apropiado para monitorear el estrés por calor en el ganado, dada la estrecha relación de ésta con la escala de jadeo (Cuadro 1). Así mismo, diversos trabajos reportan que tanto la tr como la escala de jadeo son afectados por la temperatura ambiental, el genotipo, la condición corporal, el historial sanitario y el temperamento de los animales entre otros et al., 2005a; Brown-Brandl et al., 2005b; Brown-Brandl et al., 2006a).

 

 

Por último, paralelamente al desarrollo de los índices de estrés por calor antes mencionados, también se han desarrollado índice para condiciones de estrés por frío. El primero de ellos y el más popular fue el Wind Chill Index, desarrollado por Siple y Passel (1945) para personas viajando a desarrollar actividades en la Antártica. Originalmente, este índice relacionaba la temperatura ambiente con la velocidad del viento y el tiempo necesario para congelar el agua. Posteriormente, fue modificado por Tew y colaboradores (2002) incorporando variables de carácter biológico y dando cuenta entre otros aspectos del efecto del viento, a una altura de 1, 5 m sobre el suelo sobre la pérdida de calor y no a 10 m como era anteriormente. EL wci es muy utilizado en países como Canadá y Estados Unidos que tienen inviernos muy crudos.

 

 

Medidas de Mitigación

Las principales medidas de mitigación de mediano y corto plazo para reducir el efecto negativo del estrés térmico se resumen en el Cuadro 2. Ellas pueden agruparse según se trate de estrés por frío o calor. El acceso al agua de bebida, la reducción de la actividad física (manejo y transporte), manejo de la alimentación (horario), uso de sombra y la utilización de aspersores para refrescar directamente al ganado o bien la superficie del suelo son las medidas más importantes para el periodo estival. En tanto para el invierno el uso de camas (pajas de cereales) para proveer lugares secos de descanso y los cortavientos son las medidas más comunes. La manipulación de la dieta es una medida que puede aplicarse tanto en invierno como verano para modificar el consumo de energía y el calor de fermentación. A lo anterior se agrega el componente genético como una medida de largo plazo. Información más detallada respecto de estas medidas de mitigación es posible de encontrar en las publicaciones de: da Silva (2012), Stowell et al., (2009), Arias et al., (2008), Mader (2007), (Beede y Collier 1986) y Ames y Ray (1983).

 

 

Consideraciones finales

El desempeño productivo del ganado bovino depende directamente de su interacción con el entorno productivo, particularmente con la temperatura, humedad relativa, radiación solar y velocidad del viento. Un adecuado uso de la información disponible, incluyendo genética del animal, clima, manejo productivo, manejo nutricional e índices de confort térmico permiten pronosticar la respuesta animal, minimizando los efectos negativos de un desbalance térmico. Por otra parte, la creciente preocupación de los consumidores por el origen de los alimentos, el bienestar animal y el cambio climático impondrá mayores exigencias de certificación a través de todo el proceso productivo.

Referencias bibliográficas

 
Autor/es
Ing. Agr. MS PhD. Associate Professor Instituto Producción Animal Universidad Austral de Chile
 
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