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¿La empresa crece o simplemente flota?

Publicado: 9 de julio de 2026
Fuente: Dr. Omar Romano Sforza
El movimiento que engaña
Hay un error de percepción muy extendido en el mundo pyme: confundir actividad con avance. Una empresa que factura, contrata, abre sucursales y renueva su cartera de clientes transmite la sensación de estar creciendo. Pero el movimiento, por sí solo, no certifica nada. Un barco a la deriva también se mueve. La pregunta no es si la organización se desplaza, sino hacia dónde, con qué costo y con qué margen de repetición.
Philip Kotler decía que el marketing no consiste en vender lo que se produce, sino en producir lo que el mercado necesita de forma sostenida. La misma lógica aplica al crecimiento: no se trata de ocupar espacio, sino de construir una posición que se pueda defender y repetir. Ahí empieza la primera paradoja: muchas pymes crecen en ingresos y, al mismo tiempo, se debilitan en estructura. Facturan más y valen menos.
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La paradoja del esfuerzo constante
“Flotar” tiene una característica silenciosa: exige cada vez más energía para sostener el mismo nivel. Es la organización que este año compensó la caída de un cliente importante con uno nuevo, que tapó un problema de costos con una mejora cambiaria, que financió capital de trabajo porque la rentabilidad operativa todavía no llegó. Nada de esto es necesariamente un error de gestión; muchas veces es una respuesta razonable a un contexto adverso. El problema aparece cuando ese parche se vuelve el modo de funcionamiento habitual.
Aquí surge una segunda paradoja, más incómoda: las organizaciones que flotan suelen sentirse más seguras que las que crecen de verdad. El crecimiento genuino incomoda, porque obliga a invertir, a formar gente, a rediseñar procesos, a asumir riesgo. Flotar, en cambio, da la ilusión de control, porque todo parece estable... hasta que deja de estarlo.

Del dato aislado al patrón
Ninguna cifra sola dice la verdad. Las ventas pueden crecer y el margen contraerse. La rentabilidad puede mejorar por una baja transitoria de costos y no por una ganancia de productividad real. El financiamiento puede sostener una operación que, sin ese oxígeno externo, ya estaría mostrando fisuras. Por eso, mirar aisladamente un indicador —ventas, EBITDA, participación de mercado— es como leer una sola palabra de una frase y creer que se entendió el mensaje completo.
Crecer, en sentido estricto, significa que la organización de hoy tiene mayor capacidad de generar valor que la del período anterior: más eficiencia, más solidez financiera, más independencia de las circunstancias favorables. Flotar es sobrevivir a partir de compensaciones cruzadas: lo que un área pierde, otra lo disimula.
La tercera paradoja, tal vez la más reveladora, es esta: las empresas que mejor disimulan sus debilidades son, con frecuencia, las que más tardan en corregirlas. La capacidad de compensar se convierte, sin quererlo, en un obstáculo para el cambio. ¿Para qué transformar lo que "total, funciona"?

Preguntas que valen más que respuestas rápidas
Para una pyme, distinguir entre crecer y flotar no es un ejercicio académico: es una cuestión de supervivencia de mediano plazo. Algunas preguntas ayudan a empezar ese diagnóstico:
  • ¿El crecimiento de ventas vino acompañado de mejora en los márgenes, o los diluyó?
  • ¿La empresa depende cada vez más de un solo cliente, un solo producto o una sola línea de financiamiento?
  • ¿La productividad por persona aumentó, o simplemente se sumó más gente para sostener el mismo resultado?
  • ¿Qué pasaría si, el próximo semestre, desapareciera la "excepción" que este año sostuvo los números?
Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta cómoda. Y probablemente esa incomodidad sea, justamente, el primer síntoma de que algo merece ser revisado.

Un cierre que no cierra
Quizás la distinción entre crecer y flotar no sea binaria, sino una zona gris donde conviven, al mismo tiempo, señales de fortaleza y de fragilidad.
Toda organización, en algún momento, flota un poco para poder seguir creciendo después. El riesgo no está en flotar transitoriamente, sino en no darse cuenta de que se lleva demasiado tiempo haciéndolo.
La pregunta, entonces, queda abierta —como debe quedar toda pregunta que realmente importa—: ¿su organización está construyendo algo que perdura, o simplemente está aprendiendo, con mucho esfuerzo, a no hundirse?
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