En la producción porcina intensiva, la disponibilidad real de nutrientes en dietas basadas en insumos vegetales como maíz y soya presenta una barrera biológica crucial: el ácido fítico. Esta molécula secuestra aproximadamente el 80% del fósforo vegetal y forma complejos insolubles con calcio, aminoácidos y proteínas, obligando a los productores a recurrir al uso costoso de fósforo inorgánico y aumentando la excreción fecal del mineral al ambiente.
Una revisión sistemática elaborada por Steban Daniel Vergara-Cedeño y colaboradores, publicada en
Código Científico Revista de Investigación (
https://doi.org/10.55813/gaea/ccri/v7/n1/1500)[cite: 43], analiza cómo la inclusión de la enzima fitasa exógena (myo-inositol-hexafosfato-fosfohidrolasa)[cite: 43, 44] transforma la fisiología digestiva y la eficiencia económica en la etapa de crecimiento[cite: 44, 46].
El valor práctico en el corral se traduce en números directos sobre la eficiencia del alimento y la velocidad de engorde[cite: 44, 46]. La evidencia acumulada revela que la suplementación con fitasa incrementa la ganancia diaria de peso entre un 5% y un 8%[cite: 44, 59] —lo que equivale a aumentos de 0,04 a 0,06 kg/día[cite: 59]— y reduce el índice de conversión alimenticia en un 4% a 6% (entre 0,12 y 0,16 unidades de ICA)[cite: 44, 59].
En la práctica comercial, la enzima permite disminuir o incluso eliminar la adición de fuentes de fósforo inorgánico sin comprometer la ganancia de peso[cite: 46, 53, 59], alcanzando pesos finales entre 4% y 6% superiores[cite: 59]. Al hidrolizar los complejos de fitato[cite: 44, 46], la fitasa eleva la digestibilidad del fósforo entre un 10% y un 15%[cite: 54, 59] y la del calcio entre un 8% y un 12%[cite: 54, 59], mejorando la retención mineral[cite: 54, 59] y reduciendo las pérdidas fecales de fósforo entre un 25% y un 30%[cite: 56, 59].
Para los especialistas y referentes técnicos, la discusión científica gira en torno a los denominados efectos "extrafosfóricos" y los mecanismos de acción intestinal de la enzima[cite: 46, 51]. La evidencia disponible demuestra que la superdosificación o el uso optimizado de fitasa no solo libera fósforo disponible[cite: 46, 52, 56], sino que previene la unión del ácido fítico con proteínas y aminoácidos a nivel gástrico[cite: 45, 46, 55], reduciendo la viscosidad del quimo y el gasto energético endógeno[cite: 51, 54, 56]. A nivel histológico, los estudios reportan incrementos del 12% al 18% en la altura de las vellosidades intestinales (90 a 130 µm)[cite: 54] y mejoras del 10% al 14% en la relación vellosidad:cripta[cite: 54], aumentando la superficie absortiva activa[cite: 54]. Asimismo, se observa una modulación de la microbiota[cite: 55, 58], con aumentos del 20% al 25% en bacterias fermentativas productoras de ácidos grasos de cadena corta[cite: 55] y reducciones del 18% al 22% en la expresión de citocinas proinflamatorias como IL-1β y TNF-α[cite: 55].
No obstante, el debate técnico persiste respecto a las fluctuaciones del efecto bajo condiciones ambientales extremas, como el estrés térmico o la calidad de insumos basales[cite: 51, 52, 54].
Vergara-Cedeño, S. D., Fernández-Haro, J. T., y Campozano-Marcillo, G. A. (2026). Fitasa (myo-inositol-hexafosfato-fosfohidrolasa) y su efecto en parámetros productivos en cerdos de crecimiento: una revisión. Código Científico Revista de Investigación, 7(1), 1179-1198.