Algunas recomendaciones para minimizar los efectos negativos del cambio climático sobre el ganado lechero

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INTRODUCCIÓN.

Es importante mencionar que según las últimas predicciones científicas, no solamente se espera que en los próximos años las temperaturas ambientales globales promedio del planeta, reporten un aumento mínimo de 2 °C o más, sino que también se presente un incremento de la frecuencia e intensidad de eventos climáticos poco usuales tales como sequías prolongadas y precipitaciones extremas.

El término “estrés térmico” se utiliza para describir la situación que les ocurre a los animales cuando el calor generado por su organismo, sumado al calor absorbido del ambiente, es mayor que su capacidad para disiparlo. Los bovinos son animales homeotermos y, en condiciones normales, una vaca de aptitud lechera presenta una temperatura interna de 38,5 °C, frecuencia cardiaca de 60-80 pulsaciones y frecuencia respiratoria de 10 a 30 movimientos por minuto.

La estabilidad de la temperatura corporal se basa en las permutas de calor con el medio ambiente, que a su vez dependen de mecanismos fisiológicos y metabólicos; en la estación de verano donde la temperatura ambiente es más elevada, es cuando el gradiente térmico entre el animal y el medio disminuye y se aprecia una mayor dificultad para mantener la temperatura corporal en niveles normales. Al persistir estas condiciones, se genera una serie de respuestas que producen un estado conocido como estrés

 

 

Los impactos de este fenómeno sobre el ganado bovino de leche pueden ser directos, como aquellos derivados del estrés calórico que afecta el bienestar animal, la fertilidad y la producción de leche; también existen los indirectos, que actúan sobre los sistemas de producción, tales como la reducción en el volumen de producción de materia seca y la calidad de los forrajes que sirven como base de la alimentación de los animales, el desplazamiento de algunas enfermedades y vectores hacia zonas frías, así como la reducción drástica en la disponibilidad de agua tanto superficial como subterránea.

Al analizar los efectos negativos desde el punto de vista de la genética animal, la raza Holstein que tiene un gran protagonismo frente a otras razas debido a sus altos niveles de producción láctea, ya muestra una disminución significativa en el inventario nacional por el inconveniente que tiene en su capacidad para afrontar el estrés térmico. Al utilizar la mejora genética para aumentar la producción de leche, hay que tomar en cuenta que las vacas frisonas tienen una mayor sensibilidad al estrés térmico, siendo la zona de termoneutralidad de esta raza en lactación, próxima a los 24 °C.

 

 

EL ESTRÉS CALORICO SOBRE EL GANADO BOVINO

Es importante tomar en cuenta que la temperatura ambiental para garantizar el bienestar de los bovinos especializados en producción de leche oscila entre 7 y 28 °C, con una humedad relativa ambiental del 60 por ciento. Si los valores de temperatura y humedad superan el límite de confort, las vacas tienen dificultad para disipar el calor corporal y lógicamente esto va a incidir negativamente en los niveles de producción hasta en un 20 por ciento, bajas tazas de preñez y alta mortalidad embrionaria.

El estrés calórico en las vacas lecheras se produce en condiciones de calor excesivo, humedad relativa ambiente elevada y radiación solar intensa, además de venir acompañado de diversos problemas de tipo sanitario y una disminución del rendimiento productivo. Normalmente los signos del estrés calórico son jadeo, salivación excesiva, aumento de frecuencia respiratoria, hipertermia (temperatura arriba de 38,5°C), reducción del consumo de alimentos, resistencia al desplazamiento, problemas digestivos, inmunodepresión y en animales en crecimiento son comunes los trastornos respiratorios y/o digestivos

Los productores deben implementar acciones para reducir el impacto de este fenómeno sobre la rentabilidad de las empresas, tales como las siguientes:

  1. Sombras estratégicas en los corrales de espera antes del ordeño y los comederos
  2. Proveer una ventilación adecuada en la sala de ordeño.
  3. Suministro de suficiente agua en cantidad y calidad, en bebederos con capacidad de satisfacer los requerimientos después de cada ordeño (80 a 100 litros de agua diarios por vaca en animales de alta producción).
  4. Utilizar dietas que cubran los requerimientos nutricionales, pero que tengan una baja actividad fermentativa para reducir el calor producido en el proceso de digestión.
  5. Introducir árboles de sombra a nivel de potreros para pastoreo.
  6. Readecuar los horarios de ordeño, especialmente donde las instalaciones son deficientes.
  7. Utilizar dietas que sean ricas en minerales, especialmente potasio y zinc para mitigar los efectos nocivos del exceso de calor.

 

 

El estrés calórico en los animales es uno de los problemas más preocupantes que enfrenta hoy la producción pecuaria en el mundo, en primer lugar porque gran parte de la ganadería bovina se desarrolla en áreas tropicales y subtropicales, donde está tipificada como una actividad económica clave; en segundo lugar porque las condiciones climáticas previstas para esas regiones a mediano plazo son muy adversas.

Los animales cambian su comportamiento para poder tolerar el estrés térmico y al mismo tiempo experimentan cambios en su metabolismo. Cuando la temperatura ambiental es elevada, el ganado comienza a transpirar como un mecanismo natural para mantenerse fresco, pero la transpiración excesiva produce pérdidas sensibles de potasio, elemento que le permite regular las pérdidas de agua; si el exceso de calor continúa, los animales se deshidratan y sufren diversos problemas orgánicos.

El zinc es otro elemento clave para contrarrestar las consecuencias de las altas temperaturas, ya que éste es esencial para el funcionamiento normal de los intestinos de los animales. El estrés por calor durante el verano hace que el tracto intestinal sea más permeable a sustancias tóxicas y que se produzcan inflamaciones y otro tipo de trastornos asociados.

En cuanto a la infraestructura de la finca, es necesario que en los corrales de espera las vacas puedan disponer de una superficie mínima de 1,5 metros cuadrados por animal y de 3,5 metros cuadrados de sombra por vaca, así como un acceso no menor a los siete centímetros lineales por vaca en los bebederos, cuando éstos se encuentran disponibles todo el día.

El enfriamiento del ambiente se puede obtener introduciendo en los establos y las salas de ordeño sistemas de ventilación artificial o forzada, los cuales pueden combinarse con nebulización o aspersión de agua sobre los animales. La utilización conjunta de nebulización y la ventilación artificial puede permitir bajar la temperatura ambiental de las instalaciones entre 8 y 12 °C.

Referencias bibliográficas

 
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