Durante muchos años, la Industria Avícola mantuvo el control sanitario de muchas enfermedades aviares guiado por la ciencia, la observación y el rigor técnico. Era una época en la que la crianza de ponedoras era menos tecnificada, con aproximadamente el 50% de las aves mantenidas en piso, se logró un control ejemplar y sostenido de Salmonella gallinarum(SG) gracias al uso de la vacuna 9R-SG, una cepa mutante estable, segura y científicamente validada. Aquellos años demostraron que la comprensión biológica del patógeno y la coherencia inmunológica valen más que cualquier nivel de automatización. Con menos tecnología, pero con más criterio, la tifoidea aviar fue prácticamente erradicada de los sistemas de producción.
Hoy, sin embargo, en plena era de la tecnificación total —con jaulas automatizadas, bioseguridad estructural y programas de vacunación sofisticados—, el panorama sanitario se ha deteriorado. La reaparición y expansión de Salmonella gallinarum constituye un retroceso histórico, y lo más grave es que era totalmente previsible. El error fue conceptual y evitable: los antígenos y mecanismos de patogenicidad de S. enteritidis y S. gallinarum son distintos, y la supuesta inmunidad cruzada entre ambos serovares no solo resultó insuficiente, sino que además alteró el equilibrio ecológico natural entre ellos, favoreciendo la expansión del más agresivo. Este fenómeno, conocido como “reemplazo de serovar”, evidencia cómo una vacuna mal elegida puede amplificar el problema que pretendía resolver, desestabilizando la inmunidad colectiva y permitiendo el resurgimiento del patógeno más virulento.
La falsa creencia —impulsada más por estrategias comerciales que por ciencia— de que una vacuna contra S. enteritidis podría proteger también frente a S. gallinarum sustituyó irresponsablemente a la clásica 9R-SG. El resultado fue desastroso, se debilitó la inmunidad poblacional, reaparecieron los brotes de tifoidea aviar y se perdió en pocos años lo que décadas de esfuerzo se había logrado. Esta catástrofe inmunológica demuestra que la tecnología sin conocimiento biológico no soluciona los problemas sanitarios, los agrava.
Pero la historia no termina ahí. Un error similar —y quizás más peligroso— se está repitiendo con el virus de la Laringotraqueitis Infecciosa Aviar (ILTV). En nombre del control de la influenza aviar (AIV), se ha promovido el uso de la vacuna vectorizada HVT-AIV, desplazando o combinando sin criterio científico la vacuna HVT-ILTV. El resultado es un rebrote generalizado de ILT en diferentes regiones, con signos respiratorios severos, mortalidad elevada y pérdidas económicas cuantiosas.
El ILTV es un herpesvirus con capacidad de latencia de por vida, lo que significa que una vez infectada, el ave se convierte en portadora permanente del virus. Ante cualquier situación de estrés, el virus puede reactivarse y diseminarse, manteniendo la infección en el sistema de producción. Cuando la inmunización es deficiente o incompleta, el riesgo se multiplica; la enfermedad se perpetúa y se vuelve endémica.
Además, el ILTV tiene una alta capacidad de mutación y recombinación genética, especialmente entre cepas de campo y cepas vacunales, lo que ha dado lugar a variantes más virulentas y difíciles de controlar. Este fenómeno se ha documentado ampliamente en países donde se emplean vacunas vivas atenuadas sin control riguroso, lo que demuestra que su uso indiscriminado es contraproducente y peligroso.
Aún más preocupante es que para el control de la influenza aviar (AIV) no es necesaria la vacunación con HVT-AIV, ya que las vacunas inactivadas homologas en sus ocho genes han demostrado ser altamente protectoras, seguras y eficientes. Esta vacuna inactivada genera una inmunidad humoral sólida y específica, reduciendo la replicación y diseminación del virus y, aplicadas junto con medidas de bioseguridad adecuadas, son totalmente efectivas para el control de AIV. En cambio, la introducción de la vacuna HVT-AIV ha desplazado a la HVT-ILTV, debilitando la protección frente a ILT sin aportar beneficios significativos frente a la influenza. Lo que se ha ganado en aparente innovación, se ha perdido en eficacia real.
Ambos casos —Salmonella gallinarum e ILTV— son ejemplos de cómo la desorientación científica puede deshacer décadas de avances sanitarios. Una vacunación mal orientada puede ser más destructiva que la ausencia de vacunación, porque altera el equilibrio inmunológico de los sistemas biológicos y facilita la evolución de patógenos más agresivos. La lección es clara: vacunar no siempre significa inmunizar, y una vacuna mal elegida puede convertirse en el detonante de una catástrofe sanitaria.
La avicultura, que alguna vez fue ejemplo de control racional y efectivo, enfrenta hoy las consecuencias de haber sustituido la evidencia por la conveniencia. Es urgente recuperar el rumbo; volver a la ciencia, a la inmunología aplicada y al sentido biológico de las decisiones. No se trata de usar más vacunas, sino de usar las correctas, de comprender antes de aplicar, de medir antes de recomendar.
Reflexión final
La naturaleza no negocia con la ignorancia. Cada decisión sanitaria tomada sin fundamento científico se paga con desequilibrio, pérdida y enfermedad. La biología no perdona los atajos ni los errores comerciales disfrazados de innovación.
La verdadera modernidad no consiste en multiplicar vacunas, sino en restaurar el respeto por la ciencia. Porque cuando el conocimiento se sustituye por la improvisación, los patógenos regresan para recordarnos que la naturaleza siempre tiene la última palabra.
Que la lección de Salmonella e ILTV sirva de advertencia. El futuro de la avicultura no depende de la tecnología sino de la sabiduría con que se la use. Cuando se ignora la biología y se pretende dominar la enfermedad con herramientas movidas por intereses, el precio siempre es alto. Los mismos errores, las mismas pérdidas, las mismas consecuencias.