Reflexiones desde una vida entre plumas, galpones y maestros inolvidables
El joven que vio nacer una industria
Desde muy chico tuve la fortuna —o quizá el destino— de crecer entre el olor a maíz recién molido, la tibieza de un galpón encamado y el sonido inconfundible del plumaje agitado ante cada amanecer. No sabía entonces que aquello sería el inicio de una vida entera vinculada a la avicultura.
Tampoco imaginaba que años más tarde trabajaría junto a veterinarios que, sin proponérselo, se convertirían en columnas técnicas y humanas de nuestra industria: Arnaldo D. Colusi, Julián Massot, Rodolfo Perotti, Julio Garbini, Jorge Martínez, entre otros tantos que dejaron huellas profundas en mi formación.
Con respeto por sus memorias y con el temor habitual de cometer injusticias o imprecisiones, me animo a trazar esta línea de tiempo, no sólo para quienes vivieron estas etapas, sino especialmente para quienes apenas las conocen por relatos, apuntes sueltos o páginas envejecidas. Esta es, en esencia, una historia de transformaciones silenciosas, de hombres que soñaron con tecnificar lo que hasta entonces era un oficio rural, y de aves que fueron protagonistas involuntarias de uno de los desarrollos productivos más veloces del país.
1960–1970: Entre la rusticidad, los golpes sanitarios y los primeros pasos de la modernización
La avicultura nacional de los años 60 era una mezcla de tradición y coraje. Los galpones eran amplios pero rudimentarios, de madera y chapa. Los pollos de carne eran cruzas rústicas de doble propósito, que demoraban entre 60 y 90 días en llegar al peso de faena. Las ponedoras, en su mayoría Leghorn, desafiaban el clima, los parásitos y la nutrición limitada.
Pero quienes vivieron aquella época recuerdan sobre todo las enfermedades que marcaban a fuego cada lote. El Newcastle, sin vacunas confiables disponibles, era capaz de aniquilar el 90–95% de las aves en cuestión de días. Ver un galpón silencioso después de un brote era enfrentar una mezcla de impotencia y respeto por un enemigo viral imparable.
A la par, la enfermedad de Marek comenzaba a mostrarse con su rostro más cruel: parálisis repentinas, mortalidades que podían arrasar un establecimiento completo y una desesperante incapacidad para detenerla. Antes de la aparición de la vacuna, Marek fue quizá la enfermedad que más vidas aviares se llevó en silencio.
Y mientras los virus golpeaban con furia, otro adversario más escurridizo obligaba a repensar la sanidad: los micoplasmas. Su comportamiento crónico, su transmisión silenciosa y la dificultad para cultivarlos llevaron a una época en la que se apelaba a grandes cantidades de antibióticos, muchas veces sin lograr el control real de la enfermedad respiratoria crónica. Fue un aprendizaje duro, largo y persistente.
El conocimiento circulaba más en charlas de galpón que en manuales. Los que tuvimos la dicha de vivirlo recordamos aquella avicultura casi artesanal, donde la intuición valía tanto como el termómetro y donde cada decisión era una mezcla de costumbre, audacia y observación.
1970–1980: El ingreso de la genética moderna y los cimientos de la industria
La década del 70 marcó el ingreso decidido de la genética especializada: ponedoras de alto pico de postura y broilers de crecimiento acelerado. Aparecieron los primeros incubatorios modernos, con controles más rigurosos y equipos que reducían la variabilidad del pollito bebé.
Los galpones empezaron a cerrarse, a protegerse del viento y la lluvia. Las primeras jaulas en batería hicieron su aparición tímida pero revolucionaria: mayor higiene, más control, más huevos por metro cuadrado. Fue un salto conceptual.
En lo sanitario, las vacunaciones sistemáticas —sobre todo contra Newcastle y bronquitis— comenzaron a transformar el panorama. Las mortandades catastróficas de las décadas anteriores empezaron a quedar atrás.
1980–1995: Bioseguridad, nutrición de precisión y consolidación técnica
Estas décadas transformaron la avicultura en una actividad científica. La nutrición incorporó formulaciones milimétricas, aminoácidos sintéticos y minerales quelados. Los galpones dejaron de ser refugios y pasaron a ser ambientes controlados.
Las salmonellas históricas —Gallinarum, Pullorum— retrocedieron gracias a controles estrictos en reproductoras e incubadoras. Era la época en la que el veterinario enseñaba la rutina diaria: vacío sanitario, desinfección profunda, control de roedores, barreras físicas, lavado y quemado del calzado. La bioseguridad era más disciplina que palabra.
1995–2010: La integración vertical y el “milagro” sanitario
A fines de los 90, la integración vertical permitió controlar cada etapa: reproductoras, incubación, engorde, faena, logística. Esa coordinación redujo pérdidas, aumentó la uniformidad y elevó la previsibilidad.
Las enfermedades históricas se volvieron excepciones. Las vacunas contra Marek y Newcastle cambiaron por completo la historia sanitaria. Era, verdaderamente, un período dorado.
2010–2020: Bienestar animal, nuevos consumidores y el retorno del suelo
El mundo cambió su mirada sobre las gallinas. La presión internacional empujaba hacia sistemas libres de jaula, a piso o pastoriles. Y con el regreso del suelo, regresaron viejos desafíos: salmonellas, clostridios, colibacilosis, coccidias. El ingreso de roedores y aves silvestres ya no era un riesgo teórico sino cotidiano. Lo que habíamos cerrado durante décadas en nombre de la bioseguridad se abría nuevamente en nombre del bienestar.
2020–2025: Influenza aviar y la fragilidad del sistema abierto
La llegada de la influenza aviar a la región fue un golpe conceptual. Los sistemas abiertos, aunque mejor aceptados por el consumidor, demostraron su vulnerabilidad. Y mientras la región lidiaba con el virus, Europa enfrentaba un fenómeno inquietante: países que habían dejado atrás ciertos criterios clásicos de vacunación comenzaron a revivir enfermedades que creían superadas. Un recordatorio de que la sanidad es un proceso continuo, no un logro permanente.
Reflexiones finales: entre dos mundos que no terminan de conciliar
La avicultura moderna vive una tensión profunda entre dos legítimas aspiraciones:
- El bienestar animal, que busca sistemas naturales, abiertos y comportamentalmente ricos.
- La bioseguridad, que exige control, confinamiento y barreras firmes.
Quienes vivimos todas las transiciones —desde la rusticidad, pasando por la industrialización sanitaria, hasta los sistemas abiertos actuales— sabemos que cada modelo ofrece beneficios y costos invisibles.
No se trata de volver atrás ni de romantizar el pasado.
Tampoco de aferrarse ciegamente al sistema intensivo. Se trata de integrar lo aprendido: diseñar galpones abiertos con técnica y no con nostalgia; adoptar bienestar sin renunciar a la sanidad que tanto costó construir; educar a las nuevas generaciones para comprender que el “piso” exige más ciencia, no menos.
Esta línea de tiempo es apenas un intento de ordenar la memoria y el presente.
Escribo con respeto, con gratitud hacia los maestros que me enseñaron a mirar el galpón antes que la planilla, y con la esperanza de que quienes vienen detrás encuentren el equilibrio que aún estamos buscando.