El regreso del virus obliga a replantear una estrategia que durante años pareció funcionar: vacunar, vigilar o confiar en un estatus sanitario que puede desaparecer en cuestión de días.
Hay enfermedades que no desaparecen: se duermen. Y hay países, como hay aves, que pueden llegar a confundir el silencio de un virus con su derrota. Durante más de tres años, España pudo considerarse libre de enfermedad de Newcastle. En sanidad animal, sin embargo, la palabra libre tiene siempre una segunda lectura: libre por ahora.
Ese por ahora terminó a finales de diciembre de 2025, cuando las autoridades confirmaron un foco en una explotación avícola de Llutxent, en Valencia. A partir de ahí, Newcastle dejó de ser una enfermedad de los manuales veterinarios para convertirse de nuevo en una realidad económica, sanitaria y comercial.
La enfermedad no había desaparecido del mundo. Tampoco de Europa. Lo que había desaparecido, durante un tiempo, era su presencia visible en España. Y cuando el virus volvió, dejó una pregunta mucho más incómoda que la de dónde había aparecido: ¿habíamos dejado de combatir una amenaza simplemente porque habíamos dejado de verla?

La memoria corta de las certezas La lógica sanitaria internacional tiene una paradoja difícil de explicar fuera del mundo veterinario. Un país que consigue demostrar que está libre de una enfermedad sin vacunación puede disfrutar de una posición comercial particularmente valiosa. La ausencia de vacunación facilita la interpretación de determinados resultados serológicos y permite sostener con mayor claridad la afirmación de que no existe circulación del virus. Pero eso no significa necesariamente que un país sin vacunación sea biológicamente más seguro. Significa que su estatus sanitario puede ser más fácil de demostrar y, por tanto, más sencillo de defender ante determinados mercados.
Durante años, España apostó fundamentalmente por esa combinación: vigilancia, bioseguridad, diagnóstico y respuesta rápida ante los focos, en lugar de una vacunación preventiva obligatoria y uniforme en todo el territorio. La estrategia funcionó mientras funcionó. El problema de las estrategias que funcionan durante mucho tiempo es que terminan pareciendo inevitables. Y entonces se relaja aquello que las hacía posibles.
La enfermedad de Newcastle está causada por el virus de la enfermedad de Newcastle (NDV), un virus aviar altamente contagioso que puede provocar importantes pérdidas productivas y restricciones comerciales. La vacunación es una de las principales herramientas de control, pero sus objetivos no son tan sencillos como a veces sugiere la palabra vacuna: proteger frente a la enfermedad no equivale necesariamente a impedir toda infección ni toda excreción viral. Ahí empieza el verdadero dilema.
El virus no lee fronteras, pero nosotros sí las dibujamos
El episodio español adquirió además una dimensión epidemiológica especialmente interesante por la diversidad de los virus detectados. La aparición de distintos genotipos del virus en diferentes zonas no permite, por sí sola, afirmar que todos los focos tengan un único origen ni que exista una cadena epidemiológica continua entre ellos. Y esa cautela importa.
En epidemiología, encontrar dos virus relacionados no significa automáticamente encontrar una única historia. Puede significar una cadena de transmisión. Puede significar introducciones independientes. Puede significar circulación previa que solo ahora hemos empezado a detectar.
La respuesta requiere secuenciación, trazabilidad, vigilancia de movimientos de animales y productos y análisis de los contactos epidemiológicos. Es precisamente por eso que la enfermedad de Newcastle no puede combatirse únicamente mirando el mapa de los focos. Hay que mirar también el mapa invisible de los movimientos. Aves vivas. Personas. Equipos. Vehículos. Material contaminado. Explotaciones próximas. Fauna silvestre. Y fronteras que para un virus son solo líneas dibujadas sobre un papel.
Portugal decidió no esperar
Al otro lado de la frontera, Portugal ofrece una estrategia diferente. Desde 2019, la vacunación frente a Newcastle de determinadas aves —incluidas gallináceas, pavos y palomas— está establecida como obligatoria en el territorio portugués. La decisión no elimina el riesgo: la propia vigilancia portuguesa ha seguido detectando circulación del virus en aves silvestres.
Y ahí aparece una de las enseñanzas más importantes de esta historia. Vacunar no significa que el virus deje de existir. Significa cambiar las probabilidades. Cambiar la gravedad de la enfermedad. Reducir mortalidad. Proteger la productividad. Y, dependiendo de la vacuna y del esquema utilizado, reducir también la cantidad de virus que un animal infectado puede excretar.
Pero no necesariamente convertir a cada ave vacunada en una barrera absoluta contra la infección. La ciencia lleva años señalando precisamente esa diferencia. Un estudio experimental sobre una vacuna recombinante frente a Newcastle, por ejemplo, encontró una elevada protección clínica y una reducción de la excreción del virus después de la infección experimental. La conclusión no es que las vacunas fallen. Es exactamente la contraria: las vacunas funcionan, pero funcionan para objetivos que deben definirse con precisión.
El dilema que nadie quiere simplificar
Por eso la pregunta correcta no es simplemente: ¿vacunar o no vacunar? Esa es la pregunta fácil. La pregunta difícil es: ¿qué queremos conseguir con la vacunación? Si el objetivo principal es impedir enfermedad clínica grave y mortalidad, las vacunas convencionales pueden ser extraordinariamente útiles.
Si el objetivo es reducir la circulación del virus y cortar la transmisión, entran en juego otros factores: cobertura, calidad de la aplicación, número de dosis, edad de las aves, inmunidad materna, duración de la protección, características de la cepa circulante y capacidad de la vacuna para reducir la excreción viral.
La literatura científica ha mostrado precisamente que la vacunación puede disminuir de forma importante la enfermedad y la carga de virus excretado, pero que existen diferencias relevantes entre vacunas y circunstancias epidemiológicas. Por eso tampoco sería correcto interpretar los focos aparecidos en explotaciones vacunadas como una prueba de que vacunar no sirve.
Una explotación vacunada puede infectarse. Pero una explotación vacunada puede experimentar una enfermedad mucho menos grave, menor mortalidad y una menor excreción viral que otra sin protección. Es una diferencia fundamental. Protección clínica y bloqueo de la transmisión no son sinónimos. Y confundirlos conduce a políticas equivocadas.
Una vacuna no es un escudo mágico
La historia de Newcastle está llena de vacunas conocidas por generaciones de veterinarios: B1, LaSota y otras cepas vivas atenuadas forman parte de la historia del control de la enfermedad. Pero el virus tampoco se ha quedado quieto. La diversidad genética del NDV y la circulación de diferentes genotipos han impulsado el desarrollo de nuevas estrategias vacunales. Algunos estudios han mostrado que vacunas de nueva generación pueden mantener una elevada protección clínica y, al mismo tiempo, reducir la excreción del virus de desafío.
Eso no significa que haya que sustituir automáticamente todas las vacunas existentes. Significa que el programa de vacunación debe diseñarse teniendo en cuenta qué virus circula, qué tipo de ave estamos protegiendo y cuál es el objetivo sanitario. No es lo mismo una reproductora que permanecerá en producción durante mucho tiempo que un broiler cuyo ciclo productivo dura unas pocas semanas. No es lo mismo una ponedora con inmunidad materna que una gallina sin antecedentes inmunológicos. No es lo mismo una explotación industrial que un pequeño corral doméstico. Y no es lo mismo proteger a un animal de la enfermedad que intentar impedir que el animal infectado participe en una cadena de transmisión. Cada programa vacunal es, en realidad, una apuesta epidemiológica.
El coste que no aparece en el mapa
Hay otra parte de la historia que suele quedar escondida detrás de la palabra foco. El coste. Cuando aparece Newcastle, el daño no se limita a las aves que mueren. Hay animales que deben sacrificarse. Explotaciones que deben vaciarse. Instalaciones que deben limpiarse y desinfectarse. Movimientos que se restringen. Producciones que se interrumpen. Mercancías que dejan de viajar.
Y después está el comercio. La enfermedad de Newcastle puede generar restricciones internacionales sobre animales y productos avícolas. El propio Ministerio de Agricultura español señala que la recuperación del estatus sanitario tras el brote es una cuestión relevante para las exportaciones y documenta las restricciones impuestas por terceros países.
La economía de un brote, por tanto, tiene varias capas. Está el coste directo de las aves perdidas. Está el coste de la respuesta sanitaria. Está el coste privado para los productores. Y está el coste de oportunidad de los mercados que dejan de estar disponibles. Los estudios económicos sobre brotes históricos muestran precisamente que las pérdidas asociadas a Newcastle pueden incluir tanto los daños productivos como los costes de las políticas de control y erradicación.
La discusión sobre vacunación, por tanto, tampoco debería reducirse al precio de una dosis. La pregunta económica real es otra: ¿cuánto cuesta prevenir y cuánto cuesta responder cuando la prevención no ha sido suficiente? No existe una respuesta universal.Depende de la prevalencia esperada, el tamaño de la industria, el valor de las exportaciones, el coste de las medidas de control y la eficacia real del programa de vacunación.Pero precisamente por eso merece la pena hacer la pregunta antes del brote y no después.
España perdió algo más que un certificado
Cuando un país pierde su estatus sanitario, no pierde simplemente una etiqueta administrativa. Pierde una ventaja. España había conseguido mantenerse libre de Newcastle durante años. La reaparición del virus obligó a activar medidas de control y afectó a las condiciones comerciales de los productos avícolas.
Ese es quizá uno de los aspectos más difíciles de explicar al consumidor. El pollo que llega al supermercado puede no cambiar. Pero alrededor de ese pollo puede haber cambiado todo. Los costes de producción. Los seguros. La logística. Los mercados de destino. Las restricciones territoriales. Las exigencias sanitarias. La planificación de las granjas. Una enfermedad animal puede ser invisible en el plato y, sin embargo, tener consecuencias perfectamente visibles en la cuenta de resultados.
Europa no tiene una única respuesta
Y entonces aparece Europa. No existe una única estrategia europea frente a Newcastle. La Unión Europea establece un marco común de control y clasifica la enfermedad dentro de las enfermedades sometidas a medidas estrictas de prevención y erradicación, pero las estrategias nacionales de vacunación pueden diferir.
Portugal ha optado por la obligatoriedad para determinadas especies. Otros países mantienen estrategias diferentes, combinando vacunación rutinaria, vigilancia y medidas específicas de acuerdo con su situación epidemiológica. La experiencia europea demuestra algo más importante que quién tiene razón: ninguna estrategia elimina por sí sola el riesgo.
Un país puede vacunar y sufrir focos. Un país puede no vacunar y mantenerse libre durante años. Un país puede tener una excelente vigilancia y aun así sufrir una introducción. Y un país puede controlar un brote con rapidez sin impedir que vuelva a aparecer años después. La cuestión no es encontrar una política perfecta. Es construir una política que siga funcionando cuando el virus vuelva a hacer aquello que los virus hacen: aprovechar cualquier oportunidad.
La falsa tranquilidad
Quizá ese sea el verdadero problema de Newcastle. No su capacidad para sorprender. Sino nuestra capacidad para acostumbrarnos a que no ocurra nada. Cuando pasan años sin focos, la vigilancia puede empezar a parecer excesiva. Las vacunaciones pueden empezar a verse como un coste. Los protocolos pueden convertirse en rutina. Y la bioseguridad puede transformarse en una lista de obligaciones que todos conocen y que, precisamente por conocerlas tanto, dejan de percibirse como urgentes.
Hasta que aparece un foco. Entonces todo vuelve a adquirir sentido. La desinfección. La trazabilidad. El aislamiento. La vigilancia. Los controles. Las restricciones. La vacuna. El laboratorio. El sacrificio sanitario. Todo aquello que parecía burocracia se convierte de repente en defensa.
Lo que el virus nos está preguntando
Quizá la pregunta no debería ser si España debe convertirse en un país que vacuna o en un país que no vacuna. La pregunta debería ser mucho más incómoda: ¿qué nivel de riesgo estamos dispuestos a aceptar y cuánto estamos dispuestos a pagar para reducirlo? Eso es una decisión sanitaria. Pero también económica. Y también política. Porque mantener un estatus sanitario exige inversión incluso cuando no ocurre nada.
La vigilancia tiene un coste cuando no encuentra virus. La bioseguridad tiene un coste cuando no hay brotes. La vacunación tiene un coste cuando los animales están sanos. La prevención, por definición, parece cara cuando funciona. Hasta que deja de funcionar. Entonces todo el mundo descubre cuánto costaba realmente no haberla tomado suficientemente en serio.
La lección de Newcastle
La enfermedad de Newcastle no ha vuelto para demostrarnos que las vacunas no funcionan. Tampoco para demostrar que la vacunación obligatoria sea automáticamente la respuesta correcta. Ha vuelto para recordarnos algo mucho más incómodo: ninguna herramienta sanitaria funciona aislada. Vacunar sin vigilancia es insuficiente. Vigilar sin bioseguridad es insuficiente. Bioseguridad sin trazabilidad es insuficiente. Y una política sanitaria que solo se intensifica cuando aparece el virus siempre llegará después del virus.
La experiencia científica indica que la vacunación puede reducir de forma sustancial el impacto clínico de Newcastle y, con determinados programas y vacunas, disminuir también la excreción viral. Pero la protección frente a la enfermedad no equivale necesariamente a esterilizar la infección. La experiencia económica indica que el coste de un brote puede superar con mucho el valor de los animales directamente afectados cuando se incorporan sacrificios, control, interrupciones productivas y restricciones comerciales.
Y la experiencia epidemiológica enseña lo que quizá deberíamos haber aprendido hace mucho: un virus no necesita que olvidemos su nombre. Solo necesita que olvidemos que existe. España puede volver a recuperar su estatus sanitario. Puede contener los focos. Puede reforzar la vacunación. Puede mejorar la vigilancia. Puede recuperar mercados. Pero la verdadera recuperación no consistirá únicamente en volver a escribir libre de Newcastle en un documento oficial.
Consistirá en no volver a confundir esa palabra con la palabra invulnerable. Porque ninguna enfermedad vuelve del todo por sorpresa. Vuelve, casi siempre, por el hueco exacto que dejamos cuando empezamos a creer que ya no volvería.
Fuentes consultadas:
Fuentes oficiales y epidemiológicas
- Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA). Información sobre exportación y restricciones sanitarias relacionadas con la enfermedad de Newcastle. MAPA — Comercio exterior ganadero
- European Commission. Newcastle disease. Dirección General de Salud y Seguridad Alimentaria. European Commission — Newcastle disease
- European Commission, Standing Committee on Plants, Animals, Food and Feed (PAFF). Documentación sobre los focos de Newcastle en España durante 2026. European Commission — PAFF Committee
- Direção-Geral de Alimentação e Veterinária (DGAV), Portugal. Doença de Newcastle. Información sobre vacunación y vigilancia en Portugal. DGAV — Doença de Newcastle
Literatura científica
- Palya, V., Kiss, I., Tatár-Kis, T., Mató, T., Felföldi, B., & Gardin, Y. (2012). Advancement in vaccination against Newcastle disease: Recombinant HVT NDV provides high clinical protection and reduces challenge virus shedding with the absence of vaccine reactions. Avian Diseases, 56(2), 282–287.
- Sultan, H. A., et al. (2020). Protective efficacy of Newcastle disease virus genotype-matched vaccines. Avian Diseases.
- Silva, M. S. E., et al. (2016). Vaccination of chickens decreased Newcastle disease virus shedding and transmission. [PubMed].
- Degefa, T., Dadi, L., Yami, A., Kebede, G. M., & Nassir, M. (2004). Technical and economic evaluation of different methods of Newcastle disease vaccine administration. Journal of Veterinary Medicine Series A, 51(7–8), 365–369.
Fuentes económicas
- Leslie, J. (2000). Newcastle disease: Outbreak losses and control policy costs. Veterinary Record, 146(21), 603–606.
- Knueppel, D., et al. (2010). Impact of vaccination against chicken Newcastle disease on productivity and household welfare. [PubMed].