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¿Estamos ahorrando gas o calefaccionando con maíz y soja?

Publicado: 25 de agosto de 2026
Fuente: GR8 – Avicultura de Precisión
En los últimos años, el costo energético se ha transformado en uno de los puntos de mayor atención dentro de la producción avícola.
Y es absolutamente lógico.
Calefaccionar un galpón tiene un costo importante y cualquier mejora en eficiencia energética impacta directamente sobre el resultado económico.
Sin embargo, existe una pregunta que pocas veces incorporamos al análisis:
¿Qué sucede cuando el ahorro de gas se consigue a costa de sacar a las aves de su zona de confort térmico?
Desde GR8 – Avicultura de Precisión, mediante el seguimiento ambiental continuo 24/7, venimos observando esta situación en diferentes establecimientos de pollos parrilleros, recría de reproductoras y producción de huevos fértiles.
El patrón se repite con bastante frecuencia.
A partir de determinada edad se reduce considerablemente o directamente se elimina la calefacción, como si existiera una relación matemática directa:
“El ave llegó a determinada edad, por lo tanto ya no necesita calefacción.”
Pero la realidad dentro del galpón muchas veces muestra algo diferente.

Un ejemplo real
Los gráficos que acompañan esta publicación corresponden a una recría monitoreada mediante GR8.
Hasta aproximadamente los 68 días de edad, las temperaturas internas muestran un comportamiento relativamente controlado.
Posteriormente comienza a observarse un cambio importante en el manejo ambiental.
Durante las noches, las temperaturas comienzan a caer en forma pronunciada, llegando en algunos períodos a valores del orden de 7 a 10 °C.
El efecto sobre nuestro indicador de confort térmico es inmediato:
  • Día 68: 75,91
  • Día 69: 33,36
  • Día 70: 15,69
  • Día 71: 20,26
  • Día 72: 22,91
  • Día 73: 25,76
No estamos hablando simplemente de una pequeña variación de temperatura.
Estamos observando que, durante una parte importante del día, las aves permanecen lejos de las condiciones térmicas objetivo.
Y esto nos lleva a una pregunta fundamental.

¿Quién aporta la energía que falta?
Existe un concepto muy interesante para analizar esta situación.
Las aves producen calor metabólico.
A medida que crecen generan cada vez más calor y, naturalmente, disminuye la dependencia de una fuente externa de calefacción.
Pero eso no significa que, a partir de determinada edad, la necesidad de calefacción desaparezca automáticamente.
El cuadro técnico de Aviagen que acompañamos en esta publicación resulta muy ilustrativo.
Para una recría de aproximadamente 11.000 aves, a las 10 semanas las aves producen alrededor de 224 BTU/h/m².
Sin embargo, la necesidad calculada de energía térmica es de aproximadamente 614 BTU/h/m².
La diferencia continúa siendo cercana a: 390 BTU/h/m².
A las 14 semanas, aun cuando las aves ya producen aproximadamente 269 BTU/h/m², continúa existiendo una diferencia cercana a: 344 BTU/h/m².
Incluso posteriormente esa necesidad puede volver a incrementarse debido, entre otras cosas, al aumento de la ventilación mínima necesaria.
Y esto es muy importante.
A medida que crecen las aves también necesitamos renovar una mayor cantidad de aire.
En invierno, cada metro cúbico de aire frío que ingresa debe ser calentado.
Por lo tanto: más edad + más calor producido por las aves no significa necesariamente cero calefacción.
La necesidad real depende de muchas variables:
temperatura exterior, aislamiento del galpón, ventilación, humedad, densidad, velocidad del aire, temperatura interior y comportamiento de las propias aves.

Entonces, ¿ahorramos gas?
Desde el punto de vista contable, apagar una campana o un calefactor genera un ahorro inmediato.
El consumo de gas disminuye.
Ese ahorro es visible.
Pero el requerimiento energético del ave no desaparece porque nosotros apaguemos la calefacción.
Si la temperatura ambiental obliga al ave a destinar más energía a mantener su temperatura corporal, esa energía deberá provenir fundamentalmente de su metabolismo.
Y gran parte de esa energía proviene del alimento.
En términos muy simples:
si no aportamos parte de esa energía con gas, podemos terminar aportándola metabólicamente con maíz y soja.
Y ahí aparece la verdadera discusión económica.
El gas tiene como finalidad producir calor.
El alimento, en cambio, debería permitir cubrir mantenimiento pero también sostener:
crecimiento, desarrollo corporal, uniformidad, desarrollo reproductivo y posteriormente producción.
Cada unidad de energía que el ave necesita utilizar adicionalmente para termorregularse es energía que deja de estar disponible para otros procesos productivos.
Las genéticas actuales poseen un potencial extraordinario.
Pero el potencial genético no garantiza por sí mismo el resultado.
Para expresarlo necesitamos acompañar al ave con nutrición, sanidad, manejo y ambiente adecuados.

Quizás estamos haciendo la pregunta equivocada
Tradicionalmente podemos preguntarnos:
“¿A qué edad debemos apagar la calefacción?”
Pero probablemente una pregunta más correcta sea:
“¿Las condiciones ambientales permiten apagarla?”
Porque dos lotes de exactamente la misma edad pueden necesitar manejos térmicos completamente diferentes.
Un galpón bien aislado, con buena hermeticidad y una temperatura exterior moderada puede requerir muy poco aporte energético.
Otro galpón, con bajas temperaturas exteriores, pérdidas térmicas importantes o elevados requerimientos de ventilación, puede necesitar calefacción durante mucho más tiempo.
Por eso creemos que la edad no debería ser el único criterio de decisión.
La decisión debería surgir de los datos.

El verdadero costo del frío muchas veces no aparece en la factura
Sabemos exactamente cuánto cuesta un metro cúbico de gas.
Lo vemos todos los meses.
Lo que resulta mucho más difícil de visualizar es cuánto cuesta:
  • perder uniformidad;
  • aumentar el requerimiento de mantenimiento;
  • deteriorar la conversión;
  • reducir crecimiento;
  • comprometer desarrollo corporal;
  • afectar el desempeño reproductivo;
  • o limitar posteriormente la producción de huevos fértiles.
Esos costos existen, pero generalmente aparecen mucho más adelante.
Y por eso son más difíciles de asociar con una decisión de manejo tomada semanas antes.
Desde GR8 creemos que el monitoreo continuo permite comenzar a hacer visible esa información.
No para calefaccionar indiscriminadamente.
No para ignorar el costo energético.
Sino para buscar algo mucho más importante: el punto de equilibrio entre eficiencia energética y eficiencia productiva.
Porque ahorrar energía siempre es deseable.
Pero ahorrar energía deteriorando el desempeño productivo puede terminar siendo uno de los ahorros más caros de la granja.
Por eso dejamos abierta una pregunta para productores, veterinarios, nutricionistas y responsables de producción: ¿Estamos realmente ahorrando gas… o simplemente estamos trasladando parte de ese costo al alimento y al desempeño de las aves?
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Autores:
Adrián Pugliesso
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