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Agroquímicos: la molécula no trabaja sola.

Publicado: 14 de septiembre de 2026
Fuente: Pablo de Oliveira Madeira
A lo largo de casi tres décadas trabajando en el sector de agroinsumos, incluyendo experiencia en el registro de productos fitosanitarios ante el MGAP (Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca de Uruguay) y en su comercialización técnica, he tenido la oportunidad de conocer los agroquímicos desde distintas perspectivas.

Hay una idea que, con los años, se fue convirtiendo en una de mis frases de cabecera cuando hablamos de este tema:

“Si te duele la cabeza y tomás el analgésico que habitualmente usás, ¿esperás exactamente el mismo efecto si lo tomás con un vaso de agua que si lo tomás con un vaso de whisky?”

La molécula del analgésico es la misma. Pero cambió el medio en el que fue administrada.

Con los productos fitosanitarios ocurre algo que, conceptualmente, podemos relacionar con ese ejemplo.

Cuando una empresa desarrolla una molécula con actividad fitosanitaria, realiza numerosos ensayos para determinar, entre otros aspectos, la dosis, el cultivo, el organismo objetivo, el momento de aplicación, el modo de acción, el intervalo de seguridad o período de carencia y las condiciones de uso.

Toda esa información forma parte de un proceso de evaluación que permite establecer las condiciones bajo las cuales el producto puede ser utilizado de manera eficaz y segura.

Pero después ocurre algo fundamental: esa molécula tiene que llegar desde el envase hasta el objetivo biológico en condiciones reales de campo.

Y ahí intervienen muchas variables.

Podríamos representarlo de una manera muy sencilla:

Principio activo ? formulación ? agua ? preparación de la mezcla ? equipo ? calibración ? condiciones ambientales ? aplicación ? organismo objetivo.

La molécula es una parte fundamental de la ecuación, pero no es la ecuación completa.

A lo largo de mi carrera he visto situaciones de subdosificación, motivadas en algunos casos por el precio del producto en determinado momento, y también sobredosificaciones, realizadas con la intención de compensar problemas de eficacia.

Ninguna de las dos situaciones debería considerarse una práctica correcta.

La dosis recomendada no es simplemente una cantidad arbitraria de producto. Es el resultado de evaluaciones y ensayos que buscan establecer un equilibrio entre eficacia, selectividad, residuos, seguridad y comportamiento del producto bajo determinadas condiciones de uso.

Pero existe otro elemento que muchas veces no recibe la atención que merece:

el agua utilizada como vehículo de aplicación.

El agua no es simplemente “agua”.

Sus características fisicoquímicas pueden variar considerablemente de una fuente a otra. Entre ellas podemos mencionar pH, dureza, alcalinidad y composición iónica, entre otros parámetros.

La dureza está relacionada principalmente con la presencia de calcio y magnesio, mientras que la alcalinidad se encuentra asociada fundamentalmente a bicarbonatos y carbonatos.

Estas características no necesariamente afectan de la misma manera a todos los productos. Dependiendo del principio activo y de la formulación, pueden influir sobre la estabilidad, disponibilidad o eficacia del producto durante su preparación y aplicación.

Por eso, dos tratamientos que aparentemente son idénticos —misma molécula, misma dosis y mismo cultivo— pueden no producir exactamente el mismo resultado si existen diferencias relevantes en las condiciones del agua o en otros factores de aplicación.

Y el agua es solamente una parte del problema.

También debemos considerar:

calibración y regulación del equipo;
volumen de aplicación;
tamaño y distribución de las gotas;
cobertura del objetivo;
condiciones de temperatura, humedad y viento;
riesgo de deriva;
momento y oportunidad de la aplicación;
estado fenológico del cultivo;
estado de desarrollo del organismo objetivo;
compatibilidad de las mezclas;
preparación y agitación del caldo;
condiciones de almacenamiento del producto;
y, en determinados casos, la presencia de resistencia del organismo objetivo.

Entonces aparece una pregunta que considero fundamental:

Cuando un tratamiento falla, ¿falló la molécula o falló el sistema de aplicación?

Porque no necesariamente es lo mismo.

Una aplicación incorrecta puede producir un resultado deficiente y, posteriormente, llevar a la conclusión de que “el agroquímico no funciona”, cuando en realidad habría que analizar qué ocurrió durante todo el proceso.

También existe una idea que considero especialmente importante:

Más producto no significa necesariamente mayor eficacia.

Una subdosificación puede generar un control insuficiente y favorecer la necesidad de nuevas intervenciones. Una sobredosificación, por su parte, no garantiza un mejor resultado y puede incrementar innecesariamente la exposición y los riesgos asociados al uso del producto.

Por eso, hablar responsablemente de agroquímicos implica hablar también de responsabilidad de aplicación.

Quien utiliza un producto fitosanitario debería respetar las condiciones de uso establecidas para ese producto y, al mismo tiempo, asegurarse de que todo el proceso de aplicación sea técnicamente adecuado.

Esto incluye desde la elección y preparación del producto hasta la regulación del equipo y la evaluación de las condiciones ambientales existentes al momento de aplicar.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la mala imagen de los agroquímicos?

Mucho.

Creo que muchas veces la discusión pública queda atrapada en una simplificación:

“Agroquímico = peligro”.

Pero la realidad es bastante más compleja.

No todos los productos fitosanitarios tienen las mismas características, ni todos presentan el mismo perfil toxicológico o ambiental. Y, fundamentalmente, peligro y riesgo no son conceptos equivalentes.

El riesgo depende, entre otros factores, de la peligrosidad intrínseca de una sustancia, pero también de la exposición y de las condiciones concretas en las que esa sustancia es utilizada.

Por eso, tampoco creo que sea correcto caer en el extremo opuesto y asumir que, por el simple hecho de tratarse de un producto registrado, cualquier utilización del mismo es necesariamente correcta.

La discusión debería ser mucho más seria.

Deberíamos hablar de peligro, riesgo, dosis, exposición, condiciones de uso, tecnología de aplicación, capacitación y responsabilidad.

Los productos fitosanitarios son herramientas de la agricultura moderna. Y como cualquier herramienta, su desempeño depende no solamente de sus características intrínsecas, sino también de cómo, cuánto, cuándo y bajo qué condiciones se utilizan.

Después de muchos años trabajando con agroinsumos, mi conclusión es sencilla:

La molécula es solamente una parte de la ecuación.

Si realmente queremos discutir sobre agroquímicos, seguridad alimentaria, producción y ambiente, deberíamos dejar de lado las posiciones simplistas y empezar a analizar la ecuación completa.

Porque una cosa es cuestionar una molécula con evidencia científica.

Y otra muy diferente es atribuirle a la molécula las consecuencias de una aplicación que se apartó de las condiciones para las cuales fue estudiada, evaluada y autorizada.
Autores:
Pablo de Oliveira Madeira
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